Durante décadas, durante generaciones, los cubanos convivieron con una amenaza existencial: un día, agentes de la CIA entrarían a sangre y fuego en la isla para apropiarse de lo que no era suyo y aplastar la revolución triunfante de 1959. Cualquier niño cubano aprendía desde la escuela a aborrecer ese escenario y prepararse para defender la patria del imperialismo yanqui.
La CIA entró en La Habana la semana pasada, el 14 de mayo. Pero no fue a sangre y fuego, fue a mesa puesta. El director de los servicios de espionaje de Estados Unidos, John Ratcliffe, estrechó manos y se sentó a hablar con algunos de los mandamases del castrismo. Una conversación insólita, jamás imaginada, sobre la transición que aparentemente está en marcha en Cuba, y que se desarrolla en estos términos: ¿qué puede hacer o conceder el Gobierno cubano para evitar que Estados Unidos, que ya ha impuesto una asfixia económica y energética prácticamente total a la isla, pase a una fase definitiva de la operación y tome Cuba por la fuerza?
Hubo fotos y un reconocimiento oficial del encuentro por parte de ambos gobiernos. El fantasma de la invasión, tantas veces invocado, se había hecho carne de la manera más inesperada.
Si Cuba cae, será la segunda pieza que se cobre en Latinoamérica el presidente estadounidense, Donald Trump, que ya ha impuesto un pseudoprotectorado sobre Venezuela y ahora repite guion: si en Caracas fue capturado el presidente, Nicolás Maduro, en La Habana se busca quitar de la circulación a quien encarna todavía el poder del régimen: el expresidente Raúl Castro, de 94 años. Todo un símbolo de la revolución y de la resistencia cubana, pero también de la cruel represión castrista.
Este miércoles, el Departamento de Justicia del Gobierno de Estados Unidos presentó una acusación formal contra Castro por ordenar el derribo, en 1996, de dos avionetas de una organización humanitaria anticastrista, un ataque en el que murieron cuatro personas.
La imputación contra Raúl Castro, el gran golpe de Estados Unidos contra el régimen castrista.
La corresponsal en Washington del diario El País de Madrid (España), Macarena Vidal Liy, explicó que el planteamiento es el mismo que con la operación en Caracas: o el Gobierno —venezolano antes, cubano ahora— hace lo que EE UU exija, o se retomará la amenaza de ataque militar. Y la prueba de fuerza, en ambos casos, es el derrocamiento previo de los referentes de ambos regímenes.
La paradoja es que, mientras pone a Raúl Castro en su punto de mira, Washington negocia con su nieto. No cualquier nieto sino su nieto favorito, su escolta fiel y cada vez más su representante en foros importantes: Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo.
Muchos se preguntan en Cuba si será él el nuevo hombre fuerte de una hipotética continuación del castrismo pasada por el filtro estadounidense.
(De la newsletter de El País, España)
